Relato de Marta
Conocí la existencia de las Doulas porque el control de mi segundo embarazo lo llevaba una médica de Marenostrum y me informó y recomendó el servicio que ofrecían. También una amiga mía, que había dado a luz mellizos unos meses antes, contó con la ayuda de una doula y su experiencia fue muy positiva.
La idea de mujeres-madres acompañando a otras mujeres en la experiencia de prepararse para el parto, amamantar, alimentarse bien, desahogarse, etc..., me gustó desde el principio porque creo que es una predisposicion natural e instintiva de las mujeres: transmitir su experiencia, acompañar en la ilusión y en los temores que toda mamá primeriza tiene. También las que son madres por segunda vez, como era mi caso, necesitan de una mujer con la cual establecer una relación de confianza para ayudarse en la organización de la casa, sentir que puede contar con alguien en todas aquellas cuestiones, situaciones y aspectos que no necesariamente necesitan de la consulta médica o de la implicación directa de un familiar (a veces conflictivo). Es un trabajo sencillo y natural y al mismo tiempo difícil porque es sutil el movimiento de cercanía y distancia que requiere. Cada mujer es diferente, cada embarazo, cada parto...
A mi doula la recuerdo con un cariño entrañable. Me gustó que tuviera ya dos hijos, sentía que podía enterderme más y ayudarme con su experiencia. Mi parto estaba pensado en casa, y ella también había dado a luz de forma natural y no en clínica. Durante el último tramo de mi embarazo fue muy importante su presencia para ir pensando y preparando el parto: hacer la lista de los materiales y de todo aquello que necesitaría y que debía comprar. Como no soy nada organizada y ella sí, su ayuda fue inestimable.
Mi marido y yo no teníamos familiares en el país y mis mejores amigas estaban en una situación parecida, embarazadas o acababan de dar a luz, así que me sentía bastante sola. Sus visitas fueron para mi momentos de compañía y risas, porque mi doula es una mujer alegre y optimista, en cambio yo tiendo a la melancolía y al pesimismo.
A pesar del embarazo, yo seguía amamantando a mi hijo y ella también al suyo, por lo que nos enriquecimos mutuamente con nuestras experiencias. Y en este punto hubo algo muy interesante e importante para mi: ella había vivido la experiencia de amamantar al bebé de una amiga suya. Aunque nunca lo hablamos, secretamente me sentí tranquila y afortunada porque uno de mis miedos con respecto al parto era que, si por algún motivo éste se complicaba y debía ausentarme, ¿quién amamantaría a mi primer hijo? (aunque él ya estaba empezando a comer otros alimentos). Sabía que ninguna de mis amigas lo haría. Aunque suene extraño, ese era mi temor y esa mi confianza.
Durante el parto sentía que no necesitaba la presencia ni de mi doula, ni de mi médica, ni de mi marido. Pero inmediatamente después de dar a luz, mi doula estaba a mi lado, dándome de comer (¡qué maravilla!) una ensalada de frutas con miel y de beber un zumo con polen. Se encargo discretísimamente (¡ni me entere!) de la limpieza de sábanas, toallas y ropa, de dejar comida para la cena y el día siguiente, de ordenar cuarto, sala y cocina; de conversar con mi marido y estar con mi hijo mayor...
Durante el postparto me visito periódicamente, me acompañó a dar un paseo, hizo algunas compras, me dio más de un truco para la alimentacion y fue muy estricta en recordarme la higiene íntima con una infusión de tomillo y cola de caballo (la había dejado lista desde el primer día), también controlaba el cordón umbilical de mi bebé y creo que hasta me tomó la temperatura los primeros días. También me acompañó en la visita de la comadrona.
Muchos detalles se me escapan, pero lo esencial no: mi doula fue una mujer que me acompañó con sensibilidad y sabiduría, pero sobre todo con una alegría inmensa de vivir y criar.
Enviado por: Marta
(Desde doulas.es queremos agradecer su colaboración)
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